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NOS AUSPICIAN

América latina en llamas

La profunda división de la sociedad en la mayoría de los países de América Latina es bien conocida y de larga data, e incluye factores económicos, sociales, ideológicos y hasta raciales. La solución de estos conflictos fue siempre difícil, pero a partir de 1980 la mayor parte fueron resueltos en las urnas. Esta situación cambió en los últimos años cuando los conflictos se trasladaron a las calles con creciente uso de la violencia (Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Chile y Bolivia).

El hecho de que estos sucesos se repiten también en otros países respalda la convicción de que gran parte del mundo está convulsionado. Las demandas económicas se mezclan con el resurgimiento de los nacionalismos, y dan paso a conflictos cuya solución es compleja, multidisciplinaria, y para nada obvia.

 
América Latina se suma a lo que en otras partes del mundo se viene experimentando desde hace varios años: Grecia, Cataluña, los “chalecos amarillos” en Francia, Irak, Hong Kong y varios países árabes, en un marco en el que las dos principales potencias (Estados Unidos y China) se enfrentan comercial y culturalmente, y Europa todavía intenta encontrar una solución ordenada al Brexit.

Los analistas estamos obligados a redoblar esfuerzos y a trabajar mancomunadamente en identificar una explicación lógica de todos estos conflictos. Pensar en lo que Joseph Nye, geopolitólogo estadounidense, dijo hace casi tres décadas puede ayudarnos: que los cambios de regímenes no están tan asociados a los niveles objetivos de ciertas variables (pobreza, libertades individuales, represión, nivel de ingreso, etc.), sino más bien a sus cambios.

Los impactos políticos de los cambios en las condiciones económicas en América Latina las últimas dos décadas parecen darle la razón. Sin un diagnóstico adecuado es difícil encontrar una solución adecuada. Como señalé varias veces en esta columna, a un economista clásico jamás se le habría ocurrido separar el análisis económico del político y del social. Centraban sus análisis en el estudio de la “gran dinámica” que incluía todos estos factores. Todos los intentos de diseñar esquemas económicos, políticos o sociales en forma aislada terminaron en grandes fracasos.

La situación actual no conduce al equilibrio: la dinámica de los levantamientos espontáneos es impredecible, y no está claro que éstos siempre conduzcan a un estado mejor de la sociedad. La “primavera árabe” – que tiene muchas coincidencias con lo que ocurre en nuestra región – es un claro ejemplo de eso.

Este movimiento no tuvo un líder, fue convocado por redes sociales y se materializó con masivas protestas que tenían un objetivo en común (conseguir la renuncia de lo que ellos identificaron como “dictadores”) en medio de un sinnúmero de reclamos y pedidos inorgánicos.

El desenlace no fue positivo en todos los casos. Como bien resume Andrés Malamud sólo terminó bien en uno, Túnez, que cambió de presidente en un proceso democrático. En Egipto se sustituyó un gobierno militar por otro; en Libia terminaron reemplazando un Estado por líderes de facciones; y en Siria se desató una guerra civil. América Latina enfrenta un gran desafío: las divisiones no se eliminaron; una década de alto crecimiento económico las disimuló pero volvieron a aparecer ahora que la economía no acompaña.

Entre 2002 y 2011 los términos del intercambio del conjunto de los países de América Latina mejoraron en casi 35 por ciento, pero empeoraron a partir de 2012. La mejora del primer período no sólo elevó el ingreso de la mayoría de los países, sino que mejoró también sus cuentas fiscales y externas. El mayor “sueldo de la región” permitió aumentar la capacidad de compra y el nivel de vida de sus habitantes sin deteriorar las cuentas externas. Los gobiernos aprovecharon para subir el gasto público cuando deberían haber ahorrado una parte a sabiendas de que se trataba de ciclos transitorios.

Cuando los ingresos bajaron, no sólo no podían implementar políticas anticíclicas, sino que debían ajustar sus gastos para ajustarse a los nuevos niveles de ingresos. Pero en algunos casos ni siquiera hicieron eso, sino que subieron los gastos para tratar de compensar los efectos de la caída de los ingresos. Los déficits fiscales superaron el 5% del PBI en muchos países, y llegaron a 8% en algunos casos.

En el frente externo, la bonanza inicial permitió incrementar el volumen de las importaciones a un ritmo que duplicó el de las exportaciones, sin dañar el valor de la balanza en cuenta corriente gracias al impresionante aumento de los precios de nuestros productos de exportación, e incluso redujeron el endeudamiento externo. Al deteriorarse los términos del intercambio el volumen de las importaciones dejó de crecer, pero el saldo del intercambio se deterioró y volvió a subir el endeudamiento.

Estos vaivenes se reflejaron claramente en la política. Todos los gobiernos ganaron por amplio margen en las épocas de bonanza y la mayoría fue derrotada al deteriorarse la economía, lo que es lógico si se observan los indicadores económicos y sociales. Entre 2002 y 2012 los niveles promedio de pobreza en América Latina se redujeron del 45 al 27 por ciento, y los de indigencia del 12 al 8 por ciento, pero se deterioraron marginalmente a partir de allí. Estos son los cambios de condiciones objetivas a los que se refiere Nye.

Mi amigo y comprovinciano David Konzevik anticipó estos desarrollos mundiales en el año 2000, en una conferencia en Unesco, en lo que denominó “la revolución de las expectativas”: “Una vez que la información es instantánea, tenemos que replantearnos las cosas. Los pobres hoy son ricos en información y millonarios en expectativas”. El contraste en el bienestar de los distintos sectores de la sociedad, aun cuando los menos pudientes están mejor que antes, alienta aspiraciones y pueden despertar resentimientos. Conciliar estos sentimientos con las realidades económicas de cada país es el gran desafío del mundo actual.
 

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