Gente Joven

NOS AUSPICIAN

El rol de los líderes mundiales

Junto al brote del coronavirus a nivel mundial, surgieron muchos interrogantes cuyas respuestas deberían dejarnos aprendizajes de cara al futuro. Uno de ellos es qué rol deberían estar ocupando los llamados “líderes mundiales” versus el que verdaderamente están desempeñando.

Empecemos por el principio. Como es de público conocimiento, el brote del COVID-19 comenzó a propagarse masivamente en la ciudad de Wuhan, la capital de Hubei, en China. Xi Jinping, quien desde el 14 de marzo de 2013 es el presidente de la República Popular China, debería haber sido el primero en actuar. Según informaron algunos portales sobre un estudio elaborado por investigadores de la Universidad de Southampton, “el número de casos de coronavirus en China pudo haberse reducido un 86% si se hubieran tomado las primeras medidas”. Sin embargo, lejos de informar a la ciudadanía sobre la gravedad de la epidemia (ahora pandemia), las autoridades del gobierno chino controlaron y censuraron a los medios locales.

Tristemente, los medios de comunicación no fueron los únicos censurados para informar. Los médicos y enfermeros chinos que quisieron alertar a la población sobre el surgimiento de un nuevo virus, fueron las primeras víctimas de la censura. La gravedad de esta prohibición impuesta por el gobierno chino radica en la imposibilidad del resto del mundo para enfrentar lo que se estaba convirtiendo en pandemia.

Del lado del mundo occidental, Estados Unidos es la mayor potencia. Consecuentemente, su presidente, Donald Trump, sería el mayor líder político de la región. Sin embargo, lejos de ser un ejemplo para el resto de los países, se convirtió en una amenaza. Debido a su objetivo reeleccionista (en noviembre de este año Estados Unidos elije nuevamente presidente), Trump está priorizando la economía sobre la salud de sus ciudadanos, cosa que preocupa y mucho a los científicos locales. Su accionar está guiado por la idea de que “el remedio no sea peor que la enfermedad”.

Si bien el presidente norteamericano tomó algunas medidas a raíz del surgimiento del COVID-19 (por ejemplo, impidió que arribaran al país vuelos provenientes de Europa y pretende dar ayuda económica a los estadounidenses afectados por la crisis) pareciera que sigue subestimando el verdadero alcance del virus. A nivel estatal, solo está vigente la indicación de “distanciamiento social”, ya que se niegan a la cuarentena obligatoria. Mientras tanto es posible que el país finalice el mes de marzo con más de 143.000 casos confirmados de coronavirus y cerca de las 3.000 muertes. Es hora que la frialdad de los números enfrente al presidente Donald Trump con la desagradable realidad y deje de lado sus intenciones políticas para priorizar la salud de los ciudadanos.

Mientras tanto los líderes de la Unión Europea no parecen funcionar de manera tan unida. Los países del norte pretenden que cada país salga de la crisis con sus propios recursos mientras que los del sur piden una actuación participativa y coordinada entre todos. Si bien, por ejemplo, Ángela Merkel tomó una postura totalmente consciente frente al problema, considerándolo el mayor desafío para Alemania desde la Segunda Guerra Mundial, no aceptaría dar grandes ayudas económicas para todos los países de la región.

España, con más de 85.000 casos, e Italia, con más de 98.000 confirmados, dos de los países más afectados por el virus a nivel mundial, necesitan ayuda urgente y respuestas concretas. Si bien han sido dos Estados que actuaron tarde, en parte por falta de información y experiencia y en parte por subestimación del caso, para la Unión Europea no debería ser momento de señalar con el dedo a culpables, sino coordinar esfuerzos para, entre todos, arribar a una solución potable del problema.

En América del Sur dos “líderes” se suman a la “no lucha” contra el coronavirus, el presidente de México, Manuel López Obrador, y el máximo mandatario de Brasil, Jair Bolsonaro.

A pesar de sus notables diferencias políticas y económicas, López Obrador parecería estar actuando en la misma línea que Donald Trump, minimizando la amenaza del virus y quitándole dramatismo a la situación. Ignorando las lecciones de países como Italia y España, el presidente de México desafía a la pandemia saliendo a la calle y teniendo estrecho contacto con la gente. Si bien se prohibieron espectáculos masivos y se suspendieron las clases, se niegan a decretar la cuarentena obligatoria. Bajo la misma premisa de que “el remedio no sea peor que la enfermedad”, el principal objetivo de López Obrador es impedir que la economía caiga.

Por su parte, Jair Bolsonaro, quienes algunos titulan como el “discípulo de Donald Trump”, lejos de concientizar a los ciudadanos brasileños sobre la gravedad del coronavirus, lanzó una campaña mediática bajo el lema de “Brasil no puede parar”. En dirección contraria a lo que es una cuarentena obligatoria para prevenir la propagación masiva del virus, Bolsonaro animar a la población a seguir trabajando y a salir a las calles comúnmente.

Mientras que muchos gobernadores brasileños respaldan públicamente el aislamiento social obligatorio, la máxima autoridad del país se opone firmemente, desatando enfrentamientos políticos internos.

En una conversación directa entre Salvador Di Stefano y una ciudadana de San Pablo, la misma declaró que hay un temor generalizado en la sociedad de que Bolsonaro no sepa ni pueda manejar la situación actual y su postura está generando conflictos entre las personas.

El mundo se está enfrentando a una crisis de una magnitud nunca antes vista. Incluso me atrevo a decir que la situación excede a los momentos en los que se estuvo en guerra militar, porque ya hay precedentes de cómo paliar las consecuencias negativas de un enfrentamiento bélico. Sin embargo, al ser la primera vez que el mundo se ve atravesado por un enemigo invisible, de cuál muy poco se sabe y no se puede pronosticar cuándo finalizará, no hay manuales ni procedimientos que indiquen cómo resarcir los daños ahora ocasionados.

Así como el coronavirus vino a recordarnos que la globalización existe tanto para lo bueno como para lo malo, también apareció para remarcarnos que los “líderes mundiales” deben ser líderes tanto en momentos de expansión como de contracción, en momentos de gloria como de crisis. El rol de un líder debe ser ejemplificador, coherente y tranquilizador. Muchos de los líderes actuales perecerían alejarse de esa postura.

No es momento de especulaciones. No es hora de esconder información. No hay lugar para priorizar la economía frente a la salud. No es tiempo de actuar en forma egoísta y descoordinada, ni tampoco de ponerse en papel de acusador. Tampoco es hora de desafiar las leyes de la pandemia ni de ir en sentido contrario al resto del mundo. La humanidad necesita líderes que estén a la altura de las circunstancias y que sean capaces de dejar de lado sus objetivos políticos.

Quizás esta pandemia deje en el camino a muchos que hoy reconocemos como “líderes” y de lugar al surgimiento de nuevas personalidades a seguir e imitar en el futuro.  

Informes anteriores