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Temor en Brasil y Argentina

Escribo esta columna desde Brasil, viajé a San Pablo por motivos ajenos al periodismo pero no pude resistir la tentación de venir a ver el edificio que durante todo el sábado pasado hipnotizó las cámaras de los canales de noticias argentinos y de la televisión abierta brasileña: el Sindicato de Metalúrgicos, donde Lula hizo su discurso final antes de ir preso.

Como viví en San Pablo dos veces, alrededor de un año en cada oportunidad, y en 2018 se cumplen treinta años de la primera publicación que Editorial Perfil lanzó en ese país, me siento un poco brasileño, me conmueve lo que pasa en este país y no puedo dejar de compararlo con Argentina. El sábado pasado seguí el discurso de Lula en vivo por televisión y lo leí publicado completo en la edición del domingo de PERFIL (http://www.perfil.com/internacional/el-discurso-completo-de-lula-da-silva-antes-de-ser-detenido.phtml). Me sorprendía que una persona que no terminó el colegio primario pudiera hilvanar oralmente durante una hora 20 mil caracteres con una sintaxis estructurada.

El analfabetismo y el conocimiento son para Lula un complejo elaborado positivamente. Así como Macri tiene un Edipo con el padre que sublimó en su carrera política, Lula lo tuvo con el círculo rojo brasileño, que lo despreciaba por no ser una persona ilustrada, lo que sublimó en gobernar bien, con una economía ordenada. El nudo de ese complejo se mostró cuando dijo: “Quiero que sepan que tengo mucho orgullo, mucho, profundo, de haber sido el presidente de la República que creó más universidades en la historia de este país para mostrar a esa gente que no confunda inteligencia con la cantidad de años en la escuela, eso no es inteligencia, es conocimiento”.

En un país como Brasil, donde la clase alta es más alta que en Argentina y la baja más baja, Lula fue el primer presidente sin título universitario. Al revés, en la Argentina actual, después de haber tenido muchos gobiernos peronistas con ministros que no habían pasado por la universidad, Cambiemos tiene el récord en cantidad de graduados universitarios, con posgrados en no pocos de los casos en el exterior, lo que llevó muchas veces a Macri a decir que su gabinete era “el mejor equipo” de la historia. ¿Pero esa cantidad de títulos universitarios garantiza que los ministros tengan la inteligencia necesaria para saber usar el conocimiento que acumularon? Y, ¿puede ser que tanto conocimiento no alcance para que todavía en el tercer año del gobierno de Macri la inflación no termine siendo inferior a la del último de Cristina Kirchner? ¿O que gente tan inteligente cometa el error del 28 de diciembre al anunciar cambio de metas de inflación con la pompa de la primera conferencia de prensa, que juntó a todo el gabinete económico produciendo más aumento de la inflación?

Pareciera que en economía fue más inteligente el casi analfabeto Lula que Macri. Pero es injusta la comparación porque Lula gobernó con el precio de las materias primas en alza, el viento de cola, y Macri, no. Aunque sirve como llamado de atención para moderar la soberbia de quienes en el Gobierno creen que saben. Es cierto que en Brasil el ajuste que ordenó la economía no lo tuvo que hacer un gobierno que precisara ser votado en sucesivas elecciones, como el de Macri, porque la reforma laboral, la reducción de los subsidios y los aumentos de tarifas de los servicios públicos los hizo un gobierno de transición como el de Temer. Además, la menor eficacia de la presidencia de Dilma Rousseff frente a la de Lula, como herencia económica que dejó el PT, es incomparable con la de Cristina Kirchner y su legado de desajustes. Otro legado superior de Lula es su pacifismo: sabiendo que hubiera sido casi imposible para la policía ir a buscarlo, como fue imposible en Argentina llevar por la fuerza pública a Hebe de Bonafini a declarar, Lula se entregó democráticamente. ¿Cuántos muertos hubiera habido en Argentina en un caso similar con Cristina de Kirchner?

Es probable que la Argentina sea más comparable a la del experimento del científico austríaco Ivo Kohler sobre la plasticidad cerebral: un grupo de personas tuvo que usar unos anteojos que invertían la imagen verticalmente, como si estuvieran con la cabeza hacia el suelo y las piernas hacia arriba. Inicialmente las personas no podía coordinar sus movimientos pero lentamente se fueron acostumbrando y el cerebro aprendió a leer también la información invertida que proporcionaba esa visión, traduciéndola a la forma normal. Después de varias semanas, terminado el experimento, ese grupo de personas ya sin los anteojos siguió viendo el mundo al revés durante un tiempo hasta que sus cerebros lograron reconfigurar las coordenadas.

Probablemente la economía argentina estuvo durante varios años “patas para arriba” y el cerebro social se acostumbró al 20% anual de inflación durante la suficiente cantidad de años y ahora cueste más volver a la normalidad económica que en Brasil, donde la inflación fue siempre baja y nunca hubo default, aunque comparta con Argentina el problema del déficit fiscal. Y la Argentina precise otro experimento social como el que realizó el neurocientífico Theodore Berger en la Universidad del Sur de California, quien inyectó una droga inhibidora del funcionamiento del hipotálamo, la zona del cerebro que supervisa la mantención de los recuerdos, para hacer olvidar marcas de estrés postraumático. Pero aun sin recuerdos perturbadores, en nuestro caso décadas de inflación, es difícil creer en una economía floreciente porque crecen la construcción y las automotrices cuando alimentos y bebidas es el rubro que más cayó y un supermercado como Carrefour tiene que ingresar en un procedimiento de crisis.

Ojalá nuestra desconfianza termine siendo efecto del “priming” cerebral, por el cual la exposición a estímulos anteriores influye en las respuestas a dar a los estímulos posteriores. Y lo mismo quepasa con nuestra economía pase en Brasil con la política: que se la vea peor de lo que está.

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